7.3.09

¿Ya has llegado a casa? (inicio y parte I [traducción])


Roger y Laia estaban en la estación desde hacía más de una hora, y estaban aburridos y cansados de esperar a SD4.

Se habían ido de casa pronto, llevándose las mochilas bien surtidas de comida, con la excusa de que se iban de excursión con el colegio; pero, cuando llegaron a la estación, comprobaron preocupados que su amiga no estaba.

Ahora ya habían jugado a todos los juegos que recordaban: a los chinos, a barquitos, a números. Se habían comido un montón de bocatas, e incluso habían optado por contemplar los viajeros que caminaban por la estación con la esperanza de descubrir a SD4.

De golpe Roger saltó del asiento y abrió los ojos como platos señalando un coche. Era un taxi con unos baúles inmensos atados a la baca que se había detenido frente a la estación. Por la puerta de detrás había bajado una viejecita venerable que estaba pagando al conductor.

-
No puede ser- murmuró Laia.


Por la puerta de delante salía SD4, con una venda en el brazo derecho, y aguantándole la puerta había un hombre muy grande, con el pelo rapado y los ojos claros. Por el cuello le asomaba un triángulo negro girado, que seguramente pertenecía a un tatuaje más grande. Parecía del norte, como si fuera alemán o sueco, pero no francés o inglés.

La viejecita tenía también la piel muy clara, igual que los ojos, que eran de un azul profundo y penetrante.

Los habían visto antes, pero se soprendieron al darse cuenta de que, aquella misma mañana, los habían visto adentrarse en un barrio famoso de la ciudad por los numerosos neonazis que vivían allí y se reunían en sus establecimientos. ¿Y si ellos también eran fascistas?

Laia no quería ponerse a suponer lo peor.

SD4 se llamaba en realidad Ana.Era una chica española, pero sus padres y sus abuelos eran judíos de Polonia, que no sabían muy bien cómo, habían conseguido salir con vida de los campos de concentración de Auschwitz. De hecho, a su amiga la llamaban SD4 porque era la parcela donde sus familiares aguardaron la venida de la muerte durante meses y meses de sufrimiento por sus vidas.

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-Roger, joder, ¿qué hace SD4 con esos dos? Y, por Dios, deja ya de señalarlos.

- L... Laia, de verdad que no lo sé, pero no me gusta nada el tío, y la abuela me da miedo. ¿Qué llevarán en los baúles?

- No tengo ni idea. Voy a llamar a SD4, no me hace gracia todo esto.

Laia se alejó de donde estaban sentados Roger y ella, y cuando el teléfono daba señal, giró la cabeza para ver el extraño grupo del que Ana formaba parte. De pronto, vio al gigantesco norteño meterle la mano en el bolsillo a su amiga, y lanzar su móvil a la fuente que había frente a la estación.

El taxista y el alemán estaban descargando los misteriosos baúles cuando el taxista tropezó y cayó al suelo, y con él el pesado baúl que llevaba en las manos. Su contenido se escampó delante de ellos. Libros con una cruz gamada, brazales rocos con círculos blancos, estrellas de David cosidas a brazales azules, y un montón de papeles revoloteando delante del airado alemán (a Laia no le hacían falta más pruebas de que el hombre era hijo de Alemania y de su último Führer, Adolf Hitler).

Tenía tantas ganas de saber más, de conocer la historia de los papeles, los libros y los brazales, que no se había dado cuenta de que la señora la observaba, y tampoco vio a Roger acercarse a ella.

El chico la cogió por los hombros y se la llevó a la cafetería más cercana.

Ya en el café, no se sentaron en una mesa, porque Roger continuó caminando hacia la otra entrada del café, la que se abría a la calle.

Cuando salieron no dijo mucho, sólamente:

- Mierda, mierda Laia, espérame aquí, nos vamos de la estación. No te vayas, por favor...- Y entró de nuevo en el café, maldiciendo en voz baja.

Salió dos minutos más tarde y, cogiendo del brazo a su amiga que aún estaba confundida, comenzó a caminar rápido. Cuando llevaban un rato, Laia tiró del brazo de Roger y lo paró.

- Eh, para tío, para. Ya estamos bastante lejos de la estación. Hablemos de lo que hemos visto allí.

- No, no quiero hablar. Quiero llegar a un sitio seguro y darme un baño. Me da igual si es una pensión o el Palacio Real de Su Majestad el Rey. ¿Me comprendes, me ha entendido bien?

- Sí, te he comprendido perfectamente. No me grites, hombre, no ha sido culpa mía. Estoy preocupada por SD4 y por los nazis estos... ¿Tú no?

-Pues claro, estoy cagado con todo esto. Por ese motivo no podemos pararnos, ¿no lo ves?

Después de unos minutos peleándose con Laia, Roger accedió a pararse un rato y comerse un bocata. Pero, cuando no llevaban ni medio bocadillo, apareció un Rolls-Royce negro antiguo que se acercaba muy rápido, y cuando vió al gigante nazi, se lanzó sobre Laia y cayeron en un parterre lleno de plantas grandes.

Cubrió la boca de la chica y, temblando en silencio, pasaron un largo rato imaginándose lo peor.

Cuando salieron no había rastro del coche ni del gigante, tan solo un sudor frío y pegajoso en sus frentes.

- Ya está bien. Conozco, a tres calles de aquí, una pequeña pensión de un amigo de mi padre. Él nos esconderá.

- Pues, venga, vamos deprisa.

Cogieron las mochilas y se fueron al hostal del amigo del padre de Roger.

Después de una ducha y una buena siesta, los jóvenes comenzaron a hablar:

- Bueno, ¿has hablado con SD4?

- Qué va... El nazi ha lanzado el teléfono a la fuente.

- Mierda... Tía, no me gusta nada todo esto de los fascistas. SD4 es judía, ellos son nazis... Dos y dos, cuatro.

- Tío... No creo... O, tal vez... ¿Quieres que investiguemos qué pasa?

- La verdad es que me da miedo, pero quiero mucho a SD4 como para dejarla sola con la parejita antisemita.

-Bien, pues... Pensemos cómo lo hacemos para investigar sin que se den cuenta....


Forgiven Princess

3 comentarios:

BIRA dijo...

Gracias por traducirlo, Princess. Está interesante el relato. Espero la continuación!

besotes!

Anónimo dijo...

Yo también te doy las gracias. No tardes en continuarla.

¡Un besote!

MIGUEL

Forgiven Princess dijo...

Bira, Miguel:
De nada!
Ya la tengo, la traduzco y la cuelgo.
Un besazo!