3.11.09

Are you the one? - Sharon den Adel ft. Timo Tolkki



Are you the one?
The traveller in time who has come
To heal my wounds to lead me to the sun
To walk this path with me
until the end of time

Are you the one?
Who sparkles in the night like fireflies
Eternity of evening sky
Facing the morning eye to eye

Are you the one?
Who'd share this life with me
Who'd dive into the sea with me
Are you the one?
Who's had enough of pain
And doesn't wish to feel the shame, anymore
Are you the one?

Are you the one?
Who's love is like a flower that needs rain
To wash away the feeling of pain
Which sometimes can lead to
the chain of fear
Are you the one?

To walk with me in garden of stars
The universe, the galaxies and Mars
The supernova of our love is true


Por exámenes no puedo pasarme más por aquí, pero ea, siempre hay 5 minutillos para dejar una joya musical como ésta, ¿no? Así que... Saludos de martes, desde la clase de informática (joder, me aburría, ya he terminado el tema... U.U') de parte de una princesa somnolienta, cansada y taciturna.

Forgiven Princess

1.11.09

Él, Ella y Ellos (o de cómo se puede reescribir)

Dicen que esta vida es renovarse o morir... Pues yo me renuevo, y para retornar por enésima vez este año (lo sé, soy lo peor), reescribo Él y Ella, y además añado ellos. Ea, dentro texto.

Él

El chico había vagado toda su vida de ciudad en ciudad, buscando una fuente que apaciguara aquella insaciable sed de conocimiento que lo invadía día tras día desde lo más hondo de su ser. Roma, Florencia, Atenas, Berlín y Londres eran algunos de los nombres que aquella cada vez más larga lista ofrecía a los curiosos. Ni una, ni diez, sino hasta 50 capitales culturales habían nutrido los conocimientos de aquel joven que rondaba los 27 dulces años.

Sus cabellos de color avellana resplandecían bajo la luz de un suave atardecer otoñal de la capital francesa. Sus ojos almendrados refulgían plateados, y su blanca dentadura recordaba la albura del mármol puro.

Bien vestido lucía su porte galante, enfundado con una camisa negra y una chaqueta roja que marcaba su bien torneado cuerpo, lucía en sus pies unos zapatos de negra piel bien lustrados hacía poco. La cadena que cruzaba sobre su chaleco le recordaba que su famoso reloj de plata marcaba el ineludible paso del tiempo.

Recortados contra un cielo naranja salpicado de nubes de sangre se perfilaban los tejados del barrio de Montmartre. Los edificios se alzaban impetuosos, como intentando contrarrestar la claridad del día con sus sombras, que alentaban a la umbría noche a que se cerniera sobre la ciudad.

Las múltiples parejas de enamorados que paseaban acompasadamente por las calles de París se iban retirando a sus hoteles y hostales, y mientras tanto, él observaba todo aquello fumando desde una azotea.

Sus ojos penetraban allá donde mirasen cuando recorría la ciudad: las aguas del Sena, los muros de Nôtre-Dame, los árboles de las avenidas, la gente sentada en los cafés con tazas humeantes en las manos... Ansiaba recoger todas sus experiencias, sus vivencias, sus sentires... ¿Qué pensarían? ¿Qué sentirían? Si tan sólo pudiese vislumbrar el verdadero conocimiento, si pudiese llegar a ser EL sabio...

Una alfombra multicolor cubría ligeramente el suelo, mientras los antiguos portadores de aquellas hojas se mecían avergonzados con el viento, esperando la venida de la primavera y los nuevos brotes que ella traía, invariablemente, año tras año. Parte del follaje caía inevitablemente al río que cruzaba la ciudad, dando una nota de color a la ya gélida agua del Sena, cuyo lecho contenía infinidad de objetos que, tras la pérdida del amor de un ser querido, eran lanzados al río con la intención de que el agua y el lodo borrasen los dolorosos sentimientos y las amargas sensaciones.

Aquel muchacho recorría distraídamente la inmensa urbe que, décadas atrás, examinaron, disfrutaron, odiaron, amaron y vivieron genios del calibre de Víctor Hugo, Renée Descartes o Edgar Degas. Aquel paisaje que combinaba deliciosamente modernidad y clasicismo, arte y eclecticismo, belleza y el descarnado espíritu cosmopolita propio de una gran ciudad. Aquel paisaje que se prostituía a fotógrafos, pintores y escritores por el simple y mero hecho de que todos pudiesen disfrutar de ella. La ciudad del amor, de los vampiros, de la leyenda, el misterio y la lujuria de la nobleza. La ciudad del pecado coronada por la gran joya, la catedral de Nôtre-Dame.

En su forma de actuar se denotaba su profundo interés por conocerlo todo. Arriba la experiencia empírica, esa era su doctrina. Incluso cuando estaba disfrutando de la compañía de un amante (no importaba su género, ya que debía experimentar todo y con todos), estudiaba meticulosamente todo lo que ocurría: los movimientos de la (o las) otra persona, sus reacciones, las sensaciones que él percibía, las formas del cuerpo, las texturas, los olores...

Algunas chicas y chicos que habían estado con él lo describían como un amante atento, servil, casi perfecto. Un tanto extraño e inquietante, eso sí, pero aquello no les importaba cuando la pasión cegaba su razón.

Aquellos que bien lo conocían, que podían contarse con los dedos de las manos, sabían que perseguía algo que la gran mayoría de los hombres ni siquiera adivinarían que existía, y cuya consistencia ni tan siquiera él tenía muy clara. Los que no lo conocían tan bien, simplemente pensaban que era otro chalado más, otro joven que acabaría muerto por darle demasiado trabajo a su aún tierno cerebro, otro de los que se llamaban amantes del saber, otro filósofo.

Las señoritas se extrañaban de que un muchacho tan bien parecido como aquel tan sólo tuviese relaciones sexuales esporádicas, nada sentimental, y por supuesto no podían comprender que no se comprometiese con ninguna joven... Todas ellas, jóvenes burguesas parisinas, preciosas y delicadas como muñecas de la más fina porcelana, se morían de ganas de disfrutar de la compañía de un hombre tan docto como aquel, del cual decían que además de ser un amante atento y generoso, era un compañero con un gran sentido del humor, y un excelente conversador y confidente. Y ya contaba con 27 años... Debía de estar buscando a la mujer perfecta, pensaban... Una joya como aquella, con tan brillante mente en un perfecto y bello cuerpo, no podía ser entregada a cualquiera. Él debía estar destinado a alguien superior, más parecido a él, alguien perfecto. Tal vez ninguna mujer estuviese a su altura, se consolaban. Tal vez ningún hombre lo esté tampoco, concluían al ver que ningún mozo contaba con su especial amistad.

Y en aquel preciso instante, en el que, como cada día, ya moría inevitablemente el crepúsculo para dejar paso a los oscuros dedos de la noche, los verdes ojos de una muchacha restallaron como fulgurantes esmeraldas desde su rostro. Estaba asomada en la ventana del piso inferior al suyo del edificio de enfrente, y lloraba con lágrimas silenciosas y labios trémolos. Sus cabellos enmarcaban el blanco rostro y el abundante busto de la joven. El chico sintió curiosidad por saber quién era la que provocaba una lluvia de tristeza desde su alma, y después lo invadió una intensa necesidad de calmar el sufrimiento de la chiquilla, sentimiento extraño para él, pues nunca había sentido tal cosa antes de aquel momento.

Bajó del alféizar de la ventana, se lavó la cara y las manos y se perfumó. Cogió su pañuelo favorito, y se dirigió al recibidor de su amplio piso. Frente al espejo se revolvió los cabellos para darles aquel aire travieso que tanto gustaba a las féminas con las que trataba habitualmente, se colocó la preciosa chaqueta bermellón, y salió lenta y distraídamente de su casa, dirección a la de la muchacha.

Por el camino se encontró con Pierre, que lo entretuvo con sus chismes sobre los vecinos, un nuevo pago para el mantenimiento de la fachada palaciega del edificio y alguna estupidez más que no alcanzó a escuchar, pensando en qué cosas podría hacer o decir para consolar a aquella estrella caída del cielo que había ido a parar al piso de enfrente para iluminarle en la oscuridad de la corrupta sociedad parisina.

Ella

Qué esperar de un mundo que, día tras día, te golpea con fuerza para que caigas y te rindas. Qué esperar de un hombre que ama más la fortuna de tu padre que a ti y te golpea para que te avergüences de tu belleza y detestes la compañía de la gente. Qué esperar de un padre que vende tu juventud al mejor postor. Qué esperar de una madre pasiva que permite las tropelías de su marido sin hacer nada al respecto, pensaba entre lágrimas. Qué pensar de un ambiente vano, que vuelve la cara ante los problemas más profundos que una arruga o una mancha.

Todavía recordaba los largos meses de lucha, de preparación para escapar de todo aquello. Todavía le dolían algunos golpes de aquel bastardo alemán afrancesado que tenía por pretendiente, un asqueroso vizconde de Dios sabía dónde. Todavía recordaba las lágrimas de impotencia de su madre que, callada, observaba desde un alejado y distante segundo plano el monumental discurso sobre los errores, sobre el honor, el valor, la moral y millones de falacias más que su padre convertía en verdad por decreto divino o costumbrista.

Tan sólo hacía 3 semanas de todo aquello, pero había conseguido salir airosa de la situación. Aunque claro, airosa era un término demasiado optimista para su situación... Desheredada, dejaba tras de sí la fama y la fortuna, el lujo y los caprichos que siempre habían envuelto su vida, llenándola de banalidades, haciendo que todo su entorno fuese una gran burbuja compuesta de humo, alcohol, sexo y degeneración. Se vio de repente sin esposo ni pretendientes, ya que ¿quién se casaría con una muchacha pobre, sin dote ninguna? Por muy bella y agradable que fuese, no podía imaginar quién sería el desgraciado que acertaría a casarse con ella sin recibir ningún tipo de beneficio de la unión.

Aquel intrigante hombre seguía sentado en el marco de la ventana, jugueteando con los mechones de su cabello, mientras observaba el horizonte crepuscular, cuyo brillo reflejaba en sus argentinos ojos almendrados. Los hombres, siempre temerarios, siempre despreocupados... Un día se caería y se mataría. Maldito idiota. Al instante siguiente agitó la cabeza. Que todos los hombres que hasta entonces la habían rodeado fuesen unos cabrones sin alma no quería decir que los varones, por definición, lo fueran. No tenía pruebas de que aquel chico fuese un idiota, y menos con la fama que lo precedía.

Le parecía una persona interesante, con aquel halo de misterio que le otorgaban sus extrañas prácticas y su vida aparentemente anodina y errática. No conocía su nombre, y dudaba que alguien lo supiese realmente... Aunque todo el mundo en París sabía de quién se trataba sólo con describirlo vagamente. Las muchachas lo reconocían por la belleza de su rostro, la elegancia de su porte, la firmeza de sus músculos y la galantería que lo caracterizaban. Los varones lo conocían por sus artes oratorias y conversacionales, ya que se decía de él que no había hombre ni mujer capaces de arrebatarle el habla, de ganarle una discusión, o de rebatir uno de sus argumentos sentenciosos que siempre dejaban cabida a la duda.

Sonrió amargamente mientras miraba al rojizo cielo que hacía que sus ansias de calmar la ira que sentía por dentro aumentasen, deseando que una violenta racha de viento se la llevase para siempre, lejos, a un lugar exótico, cálido y desierto. Estaba hastiada de la civilización, de la ciudad y de la gente. Para cuando, un par de minutos más tarde, bajó la mirada, el insondable joven había desaparecido de la ventana, aunque en la casa seguía advirtiéndose la iluminación. Con una cruel ironía presente en su mente miró hacia la calle, por si el oscuro presagio que había ocupado su pensamiento minutos antes se había cumplido. No, no era así. Gracias al Cielo, pensó.

Sobre el balcón por el que desbordaban sus blancos y firmes pechos caía en amplias ondas una melena marrón oscuro, de aspecto suave. Sus ropas, de colores que bailaban entre claros turquesas hasta vivos violetas, hacían resaltar la palidez de su tersa piel, sobre la que destacaban el rojo intenso de sus labios y aquellos afilados pómulos rematados en rosadas y finas mejillas que revelaban sus escasos 20 años de edad. Asomaba su esplendorosa belleza por la ventana, y en su mano un cigarro apagado esperaba morir consumido por las llamas. Era un vicio detestable, pero no le importaba, ya nada le importaba.

Seguía mirando la oscura y fría calle, los coches de caballos pasaban con su traqueteo habitual, que daba ritmo a la escena. Algún transeúnte caminaba deprisa y encogido, embutido en su abrigo, coronado por uno de aquellos sombreros que tan a la moda en la capital francesa en la época. Las hojas amarillentas se agitaban contra la rebelde brisa que las alzaba violentamente del suelo. Aquello no le decía nada, pero últimamente pocas cosas habían que le dijeran algo.

Él apareció en la portería, arreglándose el pañuelo del bolsillo y charlando animosamente con el portero sobre algún tema que hacía que el viejo rechoncho riese y gesticulase grotescamente.

Encendió el cigarrillo, y fumó mientras observaba al misterioso joven cambiar el peso de una pierna a otra, demostrando algo de prisa por zafarse del amo de llaves de su edificio, que se empeñaba en entretenerlo una y otra vez, ahora señalando a la fachada. Dejó caer la ceniza por la ventana, y se encandiló mirando las volutas de humo que la combustión de la blanda droga generaba.

De momento vio que el objeto de su curiosidad estrechaba la mano al portero en señal de despedida, que entraba de nuevo al edificio, y se disponía a cruzar la calle que separaba ambos edificios sin cuidado, hablando consigo mismo en murmullos inteligibles (aunque a aquella distancia poco importaría que gritase o murmurase) y agitando la cabeza con una expresión de sorpresa peculiar. Maldito idiota, un día tendrá un accidente por no tener cuidado, pensó de nuevo.

Ellos

Ella quedó sorprendida al ver que el galán extranjero se adentraba en su viejo edificio. Como si previese lo que iba a ocurrir a continuación, agitó el humo de la habitación con la mano para expulsarlo fuera, fue a buscar un whisky no demasiado barato que tenía escondido en la alacena para ocasiones que requerían algo de valor artificial, y un par de vasos chatos que limpió tan concienzudamente como le fue posible en un par de minutos.

Se sentó en el diván de forma casual, y pensó: Serás estúpida, tendrás que levantarte a abrir. Pero aún sabiendo eso, conservó la postura, balanceando ligeramente ahora los hombros, ahora el pecho, ahora la cintura para retocar y perfeccionar la pose de mujer sensual, pero recatada y respetable al mismo tiempo.

Pasaron 15 largos minutos, y se rió de sí misma sarcásticamente. ¿Qué pensaba, que el más apuesto e inteligente galán de París se fijaría en ella, una pordiosera deshonrada? No podía creer que hubiese podido alcanzar aquel nivel de candidez. Decidió aprovechar, si podía llamarse aprovechar, que volvía a estar sola, sin consuelo y sin esperanza para perder su tiempo en ir a buscar su ropa a la lavandería.

Se peinó ligeramente para dar algo de volumen a su cabello, se reajustó el vestido y se perfumó suavemente. Pensó en lavarse la cara para eliminar las carreras de sal que decoraban sus mejillas por el llanto anterior, pero desechó la idea. Es una tontería pensar que alguien se fijará en algo así, pensó. Además, supuso que, al volver, las lágrimas no tardarían en retornar a sus ojos, y aún no había conseguido contenerlas mucho tiempo.

Abrió la puerta con la mirada gacha, y al girarse para cerrarla topó contra algo. Allí, con una preciosa y gran rosa roja (cuya procedencia no llegó a conocer ni tan siquiera años más tarde), y con la frente perlada por diminutas gotas de sudor encontró al joven de cabellos revueltos y traje bermellón. Se miraron intensamente durante unos instantes.

Los labios de ella temblaban con inseguridad. No se había equivocado, después de todo. Él venía a verla a ella, sólo a ella, y nada más que a ella; los ojos de él volaban por el cuerpo de ella, y viajaban desde su suave pelo a sus profundos ojos, descansando en sus pechos y en los rojos labios.

El joven tan sólo pudo pensar que la esencia de la belleza, si existía, estaba contenida en aquel cuerpo. Recordó las palabras del antiguo sabio: la Idea es original, es suprema, y es perfecta. Y pensó que aquella dulce moza, en su delicadeza, no podía sino ser el concepto de belleza, personificado para su perdición. Cayó enamorado al tiempo que sentía en el corazón el ardor de una flecha con que el caprichoso Cupido lo había atravesado.

Le ofreció gentilmente la rosa, que ella aceptó con cierto rubor en las mejillas. Entró en la casa, y él la siguió unos metros por detrás. Llegaron a la gran estancia en la que la muchacha hacía prácticamente toda su vida, y se sentaron. Él en el cómodo sillón, ella en el precioso diván. Le ofreció whisky, que él aceptó gustoso, pues tenía la boca seca, algo inusual para él.

El cazador cazado, como decía el dicho. Había perdido el habla. Él, que era la elocuencia personificada. Sudaba, él que era la entereza y la templanza hechas ser. Temblaba en su interior la valentía que siempre había sido su médula espinal.

Tan sólo acertó a decir una frase, tras observar largo y tendido a la muchacha, que esquivaba su mirada cuando ésta se dirigía a sus ojos:

- En tus ojos brilla todo aquello por lo que merece la pena luchar.

La muchacha se sonrojó y agachó la cabeza, mordiéndose el carnoso labio inferior con timidez. Aquel gesto despertó el espíritu del depredador, la parte seductora que había estado adormecida en él, y con determinación se levantó y se sentó junto a ella. Acarició sus hombros, su cabello, su espalda, sus brazos. Delicadamente alzó su rostro, levantándole la barbilla, haciendo que ella lo mirase directamente a los ojos, mostrando en los suyos una mezcla entre miedo, deseo, curiosidad y ansia. Con suavidad limpió las mejillas de la joven, que sentía la sangre quemando su rostro.

La abrazó después con una ternura casi paternal, y la consoló con livianas palabras de amor, esas que sólo un corazón henchido por la pasión y el respeto sabe pronunciar. La joven se separó ligeramente de él, y lo miró a los ojos. Él se zambulló en aquellos profundos charcos de tristeza y desamparo, y fue limando las asperezas que atormentaban su maltrecha alma, dejando paso a las pasiones más bajas de la naturaleza humana que afloraban conforme los problemas iban siendo suprimidos bajo la dulzura y el calor que emanaban del sensual joven.

Se puso en pie, y cogiéndola de la mano la invitó a hacer lo mismo. Se acercó lentamente a ella, mirándola, ora a los ojos, ora a los labios, y cuando escasos 3 centímetros separaban sus rostros, entreabrió los suyos. Suspiró sobre la cara de ella, que sintió la calidez de su aliento y respondió abriendo también la boca para fundirla con la de él en un lento y largo beso. La muchacha enredó sus dedos en el pelo del joven mientras lo besaba, y éste con los brazos rodeó su cintura, y la estrechó contra sí, hasta que sus caderas quedaron juntas, presionándose mutuamente.

La chica sentía el corazón golpeándole el pecho con fuerza, y la alivió un poco sentir también el de él, ya que sus torsos estaban pegados. Hacía ya rato que su respiración había dejado de tener una periodicidad normal, y ahora el oxígeno llegaba a su organismo entrando rápidamente entre jadeos y suspiros.

Los labios del muchacho buscaron el cuello de su amante, delicadamente tallado, como la más preciosa obra de arte. Besó la marmórea piel, primero de forma dulce, y después dio paso a sus dientes y a los mordiscos débiles y fugaces, que provocaban estremecimientos en la chica.

Se quitó la chaqueta, y ella se encargó de quitarle el chaleco y la camisa negra, dejando al descubierto un torso de belleza helenística, bien formado y desarrollado en su justa medida, de piel suavemente coloreada y con escaso vello. Él la abrazó desde atrás, apartando los cabellos, que desprendían cierto aroma a jazmín. Desató concienzudamente los nudos y distintos cierres que el intrincado corsé llevaba, tras lo cual dejó libre la esplendorosa belleza de las curvas de la joven, de una sinuosidad y perfección que ya desearían las grandes mujeres de la historia.

Sus lenguas se perdieron en la boca del otro, dejando que las manos, por su parte, recorriesen libremente la geografía corporal de su amante, investigando cada rincón con la precisión de quien tiene que recordar cada centímetro.

Entregados a la pasión que les envolvía no se percataban de la fría brisa que se colaba entre las cortinas, que refrescaba la sala y sus acalorados cuerpos. Las paredes, mudas hasta el momento, hacían suyos todos los gritos, gemidos y suspiros que los amantes se dedicaban, y los comentaban en voz bajita a los vecinos de las casas aledañas a la de ella.

La oscilante llama de los candiles fue perdiendo su ardor para, lentamente, dejarlos amándose en la penumbra. La luz de los faroles de la calle se colaba indiscreta por la ventana, y desde el cielo ahora despejado, una gran luna llena buscaba la albina piel de la muchacha, incrementando así la albura de la misma.

Los ojos del muchacho brillaban fulgurantes bajo el influjo de la gran lámpara celeste, y ella sentía que la luz que reflejaban podría iluminar finalmente la oscuridad que poblaba todos los ámbitos de su vida desde hacía tanto tiempo.

Agotados cayeron rendidos a Morfeo. Él se despertó, vio aquella cara angelical junto a su propio cuerpo y la cubrió con una manta. Se sentó frente a ella, en riguroso silencio, para observarla mientras dormía. En aquel estado era, si cabe, más preciosa todavía. Cuando ella despertó, él estaba mirándola absorto. Se levantó, lo abrazó y juntos, tomando un café, vieron el amanecer del nuevo día que, como siempre supieron, también fue el renacimiento de sus propias vidas.

Forgiven Princess

17.10.09

Ella (o Sin título, 2ª parte)


Qué esperar de un mundo que, día tras día, te golpea con fuerza para que caigas y te rindas. Qué esperar de un hombre que ama más la fortuna de tu padre que a ti. Qué esperar de un padre que vende tu juventud al mejor postor. Qué esperar de una madre pasiva que permite las tropelías de su marido sin hacer nada al respecto, pensaba entre lágrimas.

Tan sólo hacía 3 semanas de todo aquello, pero había conseguido salir de la situación. Aunque claro, de qué forma... Desheredada, dejaba detrás la fama y la fortuna, el lujo y los caprichos que siempre habían envuelto su vida, llenándola de banalidades, haciendo que todo su entorno fuese una gran burbuja compuesta de humo y degeneración. Sin esposo ni pretendientes, ya que ¿quién se casaría con una muchacha pobre, sin dote ninguna? Por muy bella y agradable que fuese, no podía imaginar quién sería el desgraciado que acertaría a casarse con ella sin recibir ningún tipo de beneficio de la unión.

Aquel intrigante hombre seguía sentado en el marco de la ventana. Los hombres, siempre temerarios, siempre despreocupados... Maldito idiota. Un día se caería. Al instante siguiente agitó la cabeza. Que todos los hombres que hasta entonces la habían rodeado fuesen unos cabrones sin alma no quería decir que los varones, por definición, lo fueran.

Le parecía una persona interesante, con aquel halo de misterio que le otorgaban sus extrañas prácticas y su vida aparentemente anodina y errática. No conocía su nombre, y dudaba que alguien lo supiese realmente... Aunque todo el mundo en París sabía de quién se trataba sólo con describirlo vagamente.

Sonrió amargamente mientras miraba al rojizo cielo que hacía que sus ansias de calmar la ira que sentía por dentro aumentasen. Para cuando, un par de minutos más tarde, bajó la mirada, el insondable joven había desaparecido de la ventana. Con una cruel ironía miró hacia la calle, por si su oscuro presagio se había cumplido. No, no era así. Gracias al cielo.

Sobre el balcón por el que desbordaban sus blancos y firmes pechos caía en amplias ondas una melena marrón oscuro, de aspecto suave. Sus ropas, de colores que bailaban entre claros turequesas hasta vivos violetas, hacían resaltar la palidez de su tersa piel, sobre la que destacaban el rojo intenso de sus labios y aquellos afilados pómulos rematados en rosadas y finas mejillas que revelaban sus escasos 20 años de edad.

Él pensó que la esencia de la belleza, si existía, estaba contenida en aquel cuerpo. Recordó las palabras del antiguo sabio: la Idea es original, es suprema, y es perfecta. Y pensó que aquella dulce moza, en su delicadeza, no podía sino ser el concepto de belleza, personificado para su perdición. Cayó enamorado al tiempo que sentía en el corazón el ardor de una flecha con que el caprichoso Cupido lo había atravesado.

14.10.09

Él (o Sin título, 1ª parte)


En tus ojos brilla todo aquello por lo que merece la pena luchar, le dijo una vez un viejo sabio en París.

El chico vagaba de ciudad en ciudad, buscando una fuente que apaciguara aquella insaciable sed de conocimiento que lo invadía día tras día desde lo más hondo de su ser. Roma, Florencia, Atenas, Berlín y Londres eran algunos de los nombres que aquella cada vez más larga lista ofrecía a los curiosos. Ni una, ni diez, sino hasta 50 capitales culturales habían nutrido los conocimientos de aquel joven que rondaba los 27 dulces años.

Sus cabellos de color avellana resplandecían bajo la luz de un suave atardecer otoñal de la capital francesa. Recortado contra un cielo naranja salpicado de nubes de sangre estaba el perfil del barrio de Montmartre. Los edificios se alzaban impetuosos, como intentando contrarrestar la claridad del día con sus sombras, que alentaban a la umbría noche a que se cerniera sobre la ciudad.

Las múltiples parejas de enamorados que paseaban acompasadamente por las calles de París se iban retirando a sus hoteles y hostales, y mientras tanto, él observaba todo aquello fumando desde una azotea.

Sus ojos azules penetraban allá donde mirasen cuando recorría la ciudad: las aguas del Sena, los muros de Nôtre-Dame, los árboles de las avenidas, la gente sentada en los cafés con tazas humeantes en las manos...

Una alfombra multicolor cubría ligeramente el suelo, mientras los antiguos portadores de aquellas hojas se mecían avergonzados con el viento, esperando la venida de la primavera y los nuevos brotes que ella traía, invariablemente, año tras año.

Aquel muchacho recorría la inmensa urbe que, décadas atrás, examinaron, disfrutaron, odiaron, amaron y vivieron genios del calibre de Victor Hugo, René Descartes o Edgar Degas. Aquel paisaje que combinaba deliciosamente modernidad y clasicismo, arte y practicidad, belleza y el descarnado espíritu cosmopolita propio de una gran ciudad. Aquel paisaje que se prostituía a fotógrafos, pintores y escritores por el simple y mero hecho de que todos pudiesen disfrutar de ella.

En su forma de actuar se denotaba su profundo interés por conocer todo aquello que pudiese. Abajo el racionalismo, arriba la experiencia empírica, esa era su doctrina. Incluso cuando estaba disfrutando de la compañía de un amante (no importaba su género, ya que debía experimentar todo y con todos), estudiaba meticulosamente todo lo que ocurría: los movimientos de la (o las) otra persona, sus reacciones, las sensaciones que él percibía, las formas del cuerpo, las texturas, los olores...

Aquellos que bien lo conocían, sabían que perseguía algo que la gran mayoría de los hombres ni siquiera adivinarían que existía. Los que no lo conocían tan bien, simplemente pensaban que era otro chalado, otro joven que acabaría muerto por darle demasiado trabajo a su aún tierno cerebro.

Las señoritas se extrañaban de que un muchacho tan bien parecido como aquel tan sólo tuviese relaciones esporádicas, y de que no se comprometiese con ninguna joven... Todas ellas se morían de ganas de disfrutar de la compañía de un hombre tan docto como aquel, del cual decían, además, que era un amante atento y generoso, y un compañero con un gran sentido del humor. Y ya contaba con 27 años... Debía de estar buscando a la mujer perfecta, pensaban... Una joya como aquella, de brillante mente en perfecto cuerpo, no podía ser entregada a cualquiera. Él debía estar destinado a alguien más parecido a él, alguien perfecto.

Y en aquel preciso instante, en el que ya caía el crepúsculo para dejar paso a los oscuros dedos de la noche, los verdes ojos de una muchacha restallaron como fulgurantes esmeraldas desde su rostro. Estaba asomada en la ventana del piso inferior al suyo del edificio de enfrente, y lloraba con lágrimas silenciosas y labios trémolos. El chico sintió curiosidad por saber quién era la que llovía tristeza desde su alma, y después lo invadió una intensa necesidad de calmar el sufrimiento de la chiquilla.

Frente al espejo se revolvió los cabellos para darles aquel aire travieso que tanto gustaba a las féminas con las que trataba habitualmente, se colocó la chaqueta y salió de casa.

Forgiven Princess

10.10.09

Área Joven FELGTB



No sé por qué colgarlo... Sólo sé que es muy real, que da ánimos a los que los necesitan, y que es genial que haya gente como estos chicos y chicas.

Forgiven Princess

4.10.09

Ella, la arena, el Sol y el mar


Alice miraba melancólica una puesta de sol a las orillas de una preciosa playa mediterránea. ¿Había pasado tanto tiempo? No se lo parecía... El agua era igual, la arena era la misma, y el brillo del Sol era tan cálido y amargamente alegre como siempre.

Cogió agua entre sus manos, y miró su reflejo. Aún era joven, pero el paso del tiempo mellaba sus mejillas. La redondez infantil había desaparecido tiempo atrás del óvalo de su rostro. Sus ojos reflejaban la frialdad y dureza que se espera del gris acerado, y la inocencia que los hacía brillar había sido violada por la realidad.

Su negro cabello caía en largas ondas sobre sus hombros, e incluso iba un poco más allá, por su pecho y su espalda, y al moverse con la brisa le hacía cosquillas suavemente.

Soltó el agua, y olió el mar. Salitre, algas... Había echado de menos aquello. Al fin y al cabo, ya llevaba 10 años sin volver. A lo lejos escuchaba una pequeña reunión de amigos, en una casa interna en el bosquecillo que bordeaba la playa. De él se desprendía el olor de los pinos y demás coníferas que lo componían. Imaginó que estaba en otro lugar, en el oeste de Grecia, donde había conocido a Neera, con la que pasó 3 grandes años. Cuantos recuerdos, cuantos buenos y desgarradores recuerdos...

El viento trajo consigo un aroma peculiar, que la devolvió al lugar en el que estaba como un anzuelo saca al pez del agua. Aquel perfume... No podía ser él. Se marchó cuando ella tenía 18 años, y desde entonces nadie supo nada de él. No podía ser él.

Habían pasado 15 años, pero ni siquiera sus mejores amigos habían sabido de él... Y ahora, precisamente ahora, ¿él había vuelto? Sin duda el destino de Johann era agriar sus momentos dulces, enturbiar su paz, remover su calma... Y ella no podía hacer nada para evitarlo.

En su interior un gran combate tenía lugar. Las ganas de girarse y descubrir su sonrisa, su pelo rojizo ensortijado y sus ojos color miel eran enormes... Y el odio, la necesidad de explicaciones no recibidas, la ira y otros sentimientos igualmente malos estaban allí. ¿Qué hacer? Decidió esperar.

La embriagadora fragancia continuaba siendo arrastrada por la brisa marina, pero por mucho que ella esperaba, él no se acercaba a tirarla a la arena. Un tanto mosqueada por la broma de su... De Johann, decidió darse la vuelta y cantarle las 40 a voz en grito.

¿Cantarle las 40 a qué? Allí sólo estaban ella, la arena, el Sol y el mar.

Forgiven Princess

You're out on the streets...



Hace ya 39 años que esta gran mujer voló de esta mierda de mundo, con su voz desgarrada, sus letras desgarradoras y su espíritu de lucha.
Era un alma libre, y decidió escapar.

Janis, aunque abandonases la Tierra hace ya bastante tiempo, siempre serás una leyenda del blues, y esa voz, y ese espíritu, perdurarán eternamente.

Y aunque muchos te olviden... Hoy, esta humilde princesa cuyo reino está olvidado, te recuerda.
Descansa en paz.

Forgiven Princess

27.9.09

Gritar


Sientes algo que empuja la boca de tu estómago queriendo salir. Tu temperatura corporal aumenta, sientes que te hierve la sangre, que solamente golpear, romper o morder algo te calmaría. Y sin embargo, no lo haces. Abres la boca y, desde tus entrañas, un grito sale disparado buscando el confín más lejano del infinito.

Forgiven Princess

Risa


Escuchas atónito todo mi monólogo, poniendo cara de "a ver con qué me sales ahora"... Y entonces termino, se te abren mucho los ojos, llenas los pulmones de aire, cierras los ojos y te encojes con una carcajada.

Forgiven Princess

12.8.09

Miscelánea fotográfica (aka no tengo nada mejor que colgar)


Todos tenemos un lado oculto, ¿no?

Aquí con... Cerca de un añito, más mona yo...

No me gusta que me hagan fotos cuando estoy muy empanadilla, qué queréis...

En Disneyland París, a la salida del hotel Secuoya, creo... Era pronto, y estaba mirando al horizonte...

Con mi madre en la Catedral de Santiago... No sé por qué, pero me encanta esta foto. Me encanta de encantar mucho :3

Haciendo el memo al lado de mi hermana... Que podía capturar la imagen de la cam U.U'

Con 3 de mis 4 fierecillas preferidas... Más monos y altos todos... Cabrones TT_TT

La semana pasada, cuando pinté mi habitación de lila, y antes de eso me di el gusto de dejar mi marca :3

Y claro, una vez pintada, había que hacer el idiota... Y ponerse AME en sindarín (un idioma de la Tierra Media [sí, un idioma que nadie habla en realidad {sí, de El Señor De Los Anillos}]) en el brazo.

Aquí en un parque en pleno debate filosófico sobre cosas frikis...

No me gusta que la grada espectante grite cuando acabo de ganar una competición lesionada, me están colocando una medalla de oro, y tengo un montón de tías disfrazadas de musas detrás... ¿Se nota?

Aquí con dos de mis compañeros del grupo, cantando... Creo que una canción de Sonata Arctica, o una de Linkin Park, o una de Blur. Cristian a la guitarra, y Vicente detrás de mí.


Forgiven Princess
Bueno, como colofón, os diré que estoy escribiendo una de mis viejas historias sangrientas :D


¡Paz, tí@s!

29.7.09

De Silver Blood y su progreso


Bueeeno mis queridos ciberlectores... Vuelvo, después de un tiempo (y diréis vaga, has dicho ya 20 veces que vuelves y no vuelves nunca ¬¬)... Lo siento, mucho. Es que el verano me tiene ocupada, y mucho. Con eso de que el verano después de 1º de Bachillerato es el mejor y tal, pues una pierde las buenas costumbre... Que no debería perder nunca.

El caso es que se pierden cosas, pero se retoman otras... Pocos o ninguno recordaréis aquel post de hace año y medio... Aquel en el que os hablé de mi primer reto como vocalista de un grupo. Ese grupo es Silver Blood. Y bueno... La formación ha sufrido algunos percances durante este tiempo, y la verdad es que pensábamos que no podríamos remontar... Pero nunca perdimos la esperanza (porque fe, poca).

Ya parecía todo sentenciado, mucha gente había abandonado el proyecto por otros, por peleas... Y parecía todo perdido. Pero no, porque hablando se entiende la gente. Hemos vuelto a reunir a la banda original, excepto a la batería, y además tenemos dos nuevas incorporaciones. Así que... Este es el grupo, a día de hoy y hora de ahora:

Pepe: Guitarra Solista

Cristian: Guitarra Rítmica
Chema: Bajista
Rubén: Teclados
Vicente: Vocalista Masculino
Y servidora... Amelia: Vocalista Femenina

Y ahora hablemos de la música, porque ¿qué mueve a un grupo de música si no es la misma música? Pues digamos que nos arriesgamos con todo, con clasicazos y demás. La setlist es, más o menos...

- Linkin Park:
- In the end
- Faint
- The little things give you away

- Evanescence:
- Forgive Me (acústica)
- My Immortal (acústica)
- Cover de heart-shaped box (acústica)
{nota para fans de Nirvana, se siente, la voz de una no da para tanto}


- Nirvana:
- Smells Like Teens Spirit

- Amset:
- Inquisición

- Skunk df:
- Muerte Y Destrucción

- Led-Zeppelin:
- Stairway To Heaven

- Simon & Garfunkel:
- The Sound Of Silence (acústica)

- Mägo de Oz:
- Somewhere Over The Rainbow (acústica)

- Oasis:
- Wonderwall (acústica)

- Sonata Arctica:
- Fullmoon
- Mary Lou (acústica)

- Jöse Andrea:
- La Belleza Está En Tu Interior (acústica)


- The Beatles:

- Yesterday (Acústica)

- Blur:
- Song 2


- Metallica:
- Fade To Black

- Loverman

Seguro que me dejo alguna, pero básicamente es eso. Estamos ensayando fuerte... Tan fuerte que estamos componiendo ya, y tenemos una canción casi terminada. La letra es esta, y el título, Despierta.

Despierta - Silver Blood

Ya no queda nadie en el salón
Despiertas y crees escuchar su voz
Luego lloras porque estás solo

Sumergido en un mar de irrealidad
Te hundes y ya no puedes nadar
La fantasía te vence y dejas de luchar

Y mientras tanto yo grito
¡Despierta!¡Deja de soñar!
¡Despierta y vuelve a respirar!
¡Despierta!¡Deja de soñar!
¡Despierta ya de tu sueño infernal!

No encuentras salida y quieres escapar
Esta es una cárcel que no podrás dejar
Amargo destino, todo vuelve a empezar

Comprendes todo ahora que ya has caído
Se hace real aquello que siempre has temido
Y desde lejos mi voz intenta encontrar tu oído

¡Despierta!¡Deja de soñar!
¡Despierta y vuelve a respirar!
¡Despierta!¡Deja de soñar!
¡Despierta ya de tu sueño infernal!

Tendido en una camilla de hospital
el accidente fue casi mortal
siete meses en coma, estado vegetal

¡Despierta!¡Deja de soñar!

¡Despierta y vuelve a respirar!
¡Despierta!¡Deja de soñar!
¡Despierta ya de tu sueño infernal!

Letra sujeta a cambios durante el ensayo al que me voy pitando.


Forgiven Princess

28.7.09

Amelia viene de...




Origen: Alemán

Otro origen: Griego

Significado: Viene de la raíz amal: "trabajo" con distintas variantes (alemán) o de amále: "dulce, delicada" (griego)

Historia: A la difusión moderna de este nombre en Europa a partir del siglo XIX contribuyó el que lo llevaran varias reinas y princesas.

Personajes célebres: Amelia Earhart, aviadora estadounidense (1898-1937); Amélie Nothomb, escritora japonesa de origen belga (1967- )

Onomástica: 10 de julio

Forgiven Princess

P.D. La imagen es Amelia, de Slayers, En el mundo de Slayers, Amelia es una princesa y sacerdotisa del Reino de Seiruum.

15.7.09

Shakespeare In Love (by the inloved princess)


Viola disfrazada de Thomas, en la barcaza, con Will:


- Decidme, ¿cómo la amáis?

- Ella es a un tiempo la enfermedad y la cura… Como la lluvia y el sol, Como… El frío y el calor…

- ¿Es una dama hermosa? Desde que llegué del campo no he podido verla de cerca… Decidme, ¿es muy hermosa?

- Thomas, si pudiera describir la belleza de sus ojos… Nací para mirarlos y conocerme en ellos.

- ¿Y… sus labios?

- Sus labios… La rosa de la mañana se marchitaría si pudiera sentir envidia.

- Y su voz, ¿es como el canto de la alondra?

- Es más profunda, y suave, sin el gorjeo de la alondra. Yo espantaría a los ruiseñores para que no interrumpieran su canto.

- Oh, ¿también canta?

- Constantemente, sin duda alguna. Y toca el laúd, tiene un don natural. Y su pecho… ¿Aún no he mencionado su pecho?

- ¿Cómo es su pecho?

- Oh, Thomas… Un par de frutos redondos y raros como manzanas doradas.

- Ella es sabia y prudente al manteneros a distancia, pues, ¿qué dama podría estar a la altura de vuestra descripción, cuando sus ojos, su voz y sus labios no sean quizás más bellos que los míos? Además, acaso… Acaso podría una dama rica, y noble por su matrimonio, amar felizmente a un poeta del Banshai?

- ¡Vive Dios que sí! El amor no sabe nada de riqueza o pobreza. Puede estallar entre una reina y un vagabundo que hace el papel de rey, y ese amor debe ser atendido por los dos, porque el amor negado destruye el alma que debemos a Dios, así que ¡dile a mi dama que William Shakespeare la espera en el jardín!

- Pero, ¿y Lord Wessex?

- Por un beso, estoy dispuesto a desafiar a mil Wessex.

- Oh... Oh, Will...


Ay, tan apasionada, tan dulce, tan real y ficticia a un tiempo... No merecía ganar el Oscar por delante de quien lo ganó, pero... Qué gran película, señores.


Forgiven Princess

5.7.09

Y me pregunto qué ha cambiado


Ya no escribo, porque todo lo que escribo cuenta lo mismo, y es algo incontable.

Ya no dibujo, porque tan sólo me viene una cosa a la mente que pueda dibujar, y ni el más perfecto de ellos le haría justicia.

Toco el piano intentando encontrar la melodía que me ayude a desahogarme, a sacar todo lo que llevo dentro y no puedo decir, y por mucho que ansío hallarla, no aparece.

Hace 5 meses, 1 día, me parecía nada, un suspiro.
Ahora me parece un infierno interminable.

Hace 5 meses, 800 km, me parecían escaso medio día de coche.
Ahora son una distancia insalvable que me desgarra.

Hace 5 meses, una sonrisa, no era más que un gesto simpático de alguien que veo por la calle.
El cielo era algo que estaba ahí, y ya está.
Un beso y un abrazo eran simples muestras de cariño.

Ahora una sonrisa es un mundo.
El cielo es un constante recordatorio de ti.
Un beso y un abrazo... Son todo lo que deseo.

Y me pregunto, ¿qué ha cambiado tanto? El mundo es el mismo, me pese o no...

Las noches y los días se suceden con la misma naturalidad que siempre.

Un kilómetro sigue siendo mil metros, y un beso y un abrazo no son otra cosa que el contacto entre dos cuerpos.

Una sonrisa sigue siendo una mueca que deja más o menos visibles los dientes.

Un día aún tiene 24 horas, y las horas y los minutos tienen los mismos segundos que siempre.

Entonces, si todo sigue igual, si nada varía... ¿Será que desvarío? Aunque claro, si desvariase no me plantearía si desvarío o no, porque creería que no lo hago, que estoy cuerda, que soy ''normal''.

Pero tal vez sí hay algo. Algo que llevaba tiempo latente, algo que empujaba por salir y con lo que me he cansado de luchar. Sí, definitivamente hay algo que hace que todo cambie de sentido.

Tú.
Y aún así, dirás que no estoy loca.

Forgiven Princess

1.7.09

El yayo y yo


Iba mosqueada, muy mosqueada, porque los del BBVA son unos capullos integrales.
Como siempre que voy mosqueada (muy mosqueada), andaba más rápido que de costumbre (y de costumbre ando rápido, creedme).

También cuando voy mosqueada (muy mosqueada) y me cruzo/llevo delante a alguien que va más lento, lo adelanto.


Un señor con camisa azul y blanca a rayas muy finitas y pantalón beige paseaba tranquilamente por la acera. Una boina grisácea evitaba que se le achicharrase la cabeza, y el ensortijado humo de un puro se veía desde detrás de él. El bastón parecía de los buenos, de una madera oscura preciosa (sí, rápido, pero me fijo en todo, señores).

Lo he adelantado, y él, lejos de molestarse, ha dicho:
- Ay, la juventud lleva otro ritmo. Disfrutad del tiempo, que pasa rápido.

Sorprendida, he parado, y le he contestado:
- Sí, vivimos con prisas y con estrés, y no nos paramos a disfrutar.

Y él me ha dicho:
- ¿Has visto que mañana más bonita? Dentro de unas horas hará calor, pero ahora... Qué bien poder pasear en esta mañana.

Le he dicho adiós con una sonrisa, y os juro que me he quedado muerta cuando me ha pasado. Pero muerta, muerta, muerta.

Cuánta sabiduría en dos frases, por favor.


Forgiven Princess