9.6.09

Ma Chérie III (Final) [mano a mano con Clara]

Clara levantó tímidamente la mirada. Se quedó contemplándola de arriba abajo, sin saber muy bién cómo reaccionar. Suavemente alegó...

-¿Pero... qué dices? ¿qué quieres decir con todo eso? No quiero que intentes consolarme así... No me mientas.

-Dices que nadie te ha querido de verdad... y yo no estaría tan segura, monchérie.. Porque sé lo que vales. Te conozco desde hace años y, cada vez que estás con un tío, no pareces tú. Sin embargo, cada vez que estás soltera, es como si brillaras con luz propia. Eres fantástica, y lo sé. Lo que no sé es por qué lo dudas tú.

Amélie miró fijamente la boca temblorosa de Clara y, de pronto, la joven se lanzó hacia su boca. Fue un beso rápido, violento, y durante el cual las lágrimas volvieron a brotar.

Tras esa inesperada acción se separaron guardando una distancia mínima. Amélie se quedó mirándola y rió. Fue breve pero intenso, eso bastó. Era ahora la francesa quién no comprendía nada. Y más aún cuando Clara se disculpó por lo ocurrido.

-Lo siento… No pretendía…
-Chérie, ¿perdón por qué? ... La pregunta es; ¿podrás perdonarme tú a mi?
-¿Qué? –Interrumpió Clara.

Amélie levantó a Clara del sofá, y se levantó también. Una vez ambas estaban de pie la besó apasionadamente. Fue un beso húmedo, lento en ocasiones, muy rápido en otras, largo y acalorado. La francesa se detuvo y le preguntó a la joven rubia;
-¿Entiendes ahora por qué?

Clara respondió a la pregunta sellando los labios de la seductora morena con un beso. La francesa cogió de la mano a su amante mientras la miraba. Pese al leve intercambio de miradas Clara no parecía querer añadir nada. Se limitó a coger el brazo de su amiga y seguirle el juego. Amélie se sentó en una silla junto al balcón, donde la brisa refrescaba sus ardorosas pieles. Clara entendió a su compañera, y se sentó sobre ella, de modo que quedaban enfrentadas una a la otra.


Y una vez en aquella silla, ya nada importaba. Qué más daba todo, si sus bocas seguían atrayéndose como imanes. Poco a poco el calor aumentaba, y con el aumento de la temperatura, disminuía su ropa. Amélie conservaba la compostura, pero los jadeos y gemidos de ambas chicas escapaban sin ningún impedimento. La francesa, haciendo alarde de los saberes sexuales supuestos a su pueblo, dio el primer paso, mordiendo suavemente el cuello de Clara, que suspiró y clavó sus uñas levemente en la espalda de Amélie.

Clara se levantó entre besos, suspiros y suaves arañazos, arrastrando consigo a Amélie. Tenía claro el objetivo final, pero antes quería jugar un poco. Llevó a Amélie hasta la cocina. Allí, la sensual joven francesa subió a su compañera a la encimera.

Ahora, una vez sobre la mesa, Amélie cogió un bote de chocolate líquido, y firmó la tripa de su amiga son sus nombres. Clara se rió de la broma, pero paró rápidamente cuando el chocolate comenzó a desaparecer por culpa de la lengua francesa que recorría su abdomen.
Clara pensó que la francesa detendría con el fin del chocolate, pero la lengua de la joven seguía recorriendo su cuerpo, como si estuviese estudiando un terreno para hacer un mapa, con relieves y totalmente detallado.

Clara intentaba levantarse y tomar las riendas, pero la francesa tenía claro qué quería lograr, cuándo, dónde y cómo. Allí y en aquel momento. Penetrando cada recóndito escondite, cada diminuto lugar, con su lengua, y recorriendo con ella cada centímetro del cuerpo de aquella preciosa rubia española que tantos años la traía de cabeza.

Miles de noches vacías, de amores grises sin pasión, por ella. Tantas caras que cambiaban en mitad del cortejo por su culpa. Tantas y tantas mujeres maravillosas que soñaron con un futuro a su lado, y que se perdieron en el ayer, por ella. Oh no, ahora las pagaría, todas y cada una de las noches en las que soñó y con ella y no estuvo.

No había vuelta atrás. La francesa, su amada y el calor evocado de sus respectivos cuerpos. Nada podía pararla, esa noche no. Quería ver su cara, cada gesto desprendido, cada estremecimiento, cada jadeo...

Buscaba la manera más sencilla de llegar a ella, pero no era aquella su intención. Más bien, quería fundirse con la española en una única persona, y buscó la forma de hacerlo.

Amélie ayudó a su amiga a incorporarse, y su sonrisilla torcida le decía que buscaban lo mismo. Querían jugar, y tras aquella primera erupción, se disponían a desatar toda la fuerza del volcán de su pasión.

Una arrastró a la otra y con ellas arrastraron todo el calor y deseos que llevaban consigo. Aterrizaron en el baño con el fin de lidiar con el agua fría contra el calor que las acosaba durante toda la noche.



Ahora Clara era quién buscaba la piel de la joven francesa, quería tantearla, experimentando cosas nuevas…

Sin ser muy conscientes de cómo, entraron dentro de la blanca bañera de Amélie.
Clara no dudó en tomar de nuevo el mando y olvidando quién era trató de perderse entre sus labios, descendiendo tal como el agua del río lleva al mar, sin detenerse.

Ella disfrutaba al ver los escalofríos, las oleadas de placer que sacudían a su experta compañera con apenas mover un dedo y dejarse llevar por su, ya húmeda, lengua. Antes de incorporarse encendió el grifo tratando de empaparla de arriba abajo… Y lo logró.

Cada gota que resbalaba por el cuerpo de Clara parecía evaporarse dentro de la mente de Amélie. La joven experta, calada hasta los huesos, prosiguió con algún que otro mordisco suave en su cuello, y así se apoderó poco a poco de la situación, para terminar empotrándola contra el espejo sin dejarla escapar, anticipándose a cualquier intento de fuga de su recién iniciada compañera.

Las reglas de juego no habían sido respetadas, puesto que nunca fueron aclaradas. Nadie había dicho cuál era el límite a respetar. Nada importaba. Amélie, sacudiendo su cabeza y su perversa mente, invadió el terreno contrario de tal manera que el rostro de su escultural amante cambiaba por momentos. Tras cada suspiro las sacudidas aumentaban, provocando que retomara el juego con más ganas, y al tiempo que el cuerpo de Clara parecía resistirse, aumentaban sus ganas de batir dichas resistencia y con ellas, la intensidad de sus artimañas para lograrlo.

En su rostro estaba grabado el fuego interior que ya no sólo calentaba su piel, ahora quemaba, abrasando cualquier miedo o duda, para dar paso a cada una de las metas deseadas. Clara arrastró con dificultad a su húmeda acompañante hasta la cama, llenando parte del piso de agua.


La habitación estaba llena de trastos que ellas mismas habían dejado horas antes al arreglarse, pero poco pareció importarles. Abrieron la ventana y apagaron las luces, dejando que el resplandor mortecino de la luna reinase en aquella agonizante y mágica.

Sus cuerpos danzaban en la oscuridad mientras las horas iban transcurriendo, durante las cuales el intercambio de sensaciones era unas veces agitado, otras más pausado, pero continuo, sin dejar regresar los problemas diarios que las agobiaban, y permitiéndoles conventirse en una sola.

Cada caricia, cada beso, cada mirada era un mundo paralelo en el que se detenía el tiempo, grabándose a fuego en sus mentes, haciendo eterna aquella noche para sus recuerdos.

Progresivamente, y coincidiendo con el aumento de los latigazos de calor y los movimientos bruscos que reinaba en el lugar, comenzaron a escucharse jadeos, a los que se unían en actuación especial los gemidos y suspiros de las jóvenes amantes.

Amélie se propuso terminar lo que hacía unas horas había comenzado, y se preparo para hacerlo con sus mejores jugadas… El cuerpo de Clara empezaba a estremecerse con las nuevas técnicas que empleaba la francesa, su cuerpo tenía un límite antes de inundarse de placer, y Amélie se aproximaba peligrosamente a él…

Cuando la joven española intentaba buscar en la pared un recodo de calma, su amante no dejaba de mirarla con un ardor que poco a poco quebraba las barreras de su éxtasis.

En aquel momento sólo existían ellas dos, una dentro y fuera de la otra, fundiéndose entre escalofríos y espasmos, en su mera actitud... Hacía rato que ninguna de las dos escuchaba el tic-Tac del reloj, ni los paseos por el pasillo del gato, ni el cantar de los pájaros afuera. Se escuchaban la una a la otra, y no había nada más, lo que creaba una atmósfera envolvente entre sus cuerpos, sus miradas, su cama…

Clara creyó ver el cielo mientras su temblorosos cuerpo se agitaba una y otra vez, aguantando las embestidas apasionadas de su amante, que buscaba sin descanso la explosión del íntimo volcán de su amiga. Así transcurrió el tiempo, inhibiendo la aparición de cualquier cosa perteneciente al exterior que seguía siendo un mundo paralelo al suyo; quizás más ajetreado, quizás más repleto, mucho más frío.

En ese mundo paralelo a su burbuja de placer, comenzaba un nuevo día.
Un perezoso sol comenzaba a dibujar los contornos de la dormida ciudad, que poco a poco iba despertando con los rayos de suave luz. Pero, dentro de la casa de Amélie, otras cosas despertaban junto a la tenue luz solar.

La cabeza de la francesa había recorrido por enésima vez el torso de Clara. Ella gemía y suspiraba con los giros y lametones de la lengua de su sensual amante.

Sin embargo, un profundo jadeo hizo que Amélie sonriese para sus adentros. Había cruzado una frontera que no había pasado en toda la noche. El truco final, el prestigio. Ahora su cabeza quedaba poco más abajo que la cintura de su amiga. Las manos se entretenían en su abdomen y sus costados. Su boca besaba, mordisqueaba y lamía el interior de sus muslos.

Las manos de Clara buscaron las de la francesa, y las apretaron acompañando a un profundo suspiro. Era el momento de dar el paso final. La cara de la joven desapareció entre las blancas carnes de las piernas de la joven española, cuyas manos ahora aferraban la sábana. Entre gemidos ahogados y espasmos incontrolables, la muchacha rubia se mordía los labios.

Amélie sabía qué hacía, sin duda. Había planeado aquél momento minuciosamente, paso por paso. Nada quedaba al azar. Su lengua, sus labios y sus manos estaban en la posición correcta en el momento idóneo. En su idioma, tan sólo una palabra bastaba para definir su actuación: Perfecto.

Cuando el sol comenzaba a penetrar por la ventana, y Amélie estaba más concentrada en su minuciosa misión, unos profundos jadeos irregulares comenzaron a salir desde dentro de Clara. Contenía la respiración, y soltaba el aire rápidamente, para cogerlo rápidamente de nuevo y contenerlo de nuevo. Sus nudillos estaban blancos por la presión que sus manos ejercían sobre la sábana.

Amélie bromeó con separar la cabeza de la pelvis de su amante, pero la mano de ésta lo impidió en cuestión de un segundo, agarrando su pelo suavemente.

La espalda de Clara se comenzó a curvar, poco a poco, mientras los jadeos aumentaban en frecuencia, alternándose con agudos gemidos. Su rostro, ya sonrojado, se tornó de un rojo brillante e intenso.

Cuando el torso de la joven formaba un amplio arco sobre la cama y de su interior brotaban sonidos que harían sonrojarse a la señora más recatada, Amélie aumentó la velocidad y la intensidad de su acción. La muchacha española se arqueó aún más mientras de su boca escapó un profundo gemido, seguido de jadeos, suspiros y más gemidos. Cayó derrotada en la cama, sonriente, brillante.

La francesa se recostó en el pecho de Clara, y poco después quedaron dormidas en aquella posición.

Al despertarse, volvieron a darse una ducha, esta vez sí para lavarse. Cuando Clara salió del cuarto de baño, se colocó un albornoz de su amiga, y se dirigió a la cocina. Allí, Amélie había preparado zumo de naranja, humeante café, y dos platos con tostadas y fruta. Saludó a Clara guiñándole un ojo, y le dio un rápido beso mientras le apartaba la silla para que se sentase. Clara cogió dos cerezas con la boca, se acercó a la francesa y la besó, dejando una de las cerezas dentro de la boca de Amélie.



Forgiven Princess

P.D. Todo un placer redactar con alguien tan imaginativo y directo como tú, súper Clara. Menudas horas de risas y disparates hemos pasado... Escribiremos, escribiremos. Seguro que escribiremos juntas de nuevo. Grandiosa experiencia. Sólo espero que, si escribo con otra persona, el placer sea siquiera la mitad que el de escribir contigo. Gracias por hacer nacer esta historia, chérie.

6 comentarios:

Max dijo...

Ñaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa


xD

Selene dijo...

que gran final ...tan lleno de sensualidad que ambas erizaron mi piel ........felicidades .

un bezote .

aLba * dijo...

me gusto la hstoria... :)
la carne es debil... cae siempre jeje

anapedraza dijo...

¡El final es encantador!

Veo mucha ternura en el texto, de la que ya no se ve.

¡Un fuerte abrazo!

MIGUEL

Forgiven Princess dijo...

Max:
:3!!

Selene:
Me alegro de que te guste, gracias por los elogios, no se merecen^^
Un besote!

Alba:
Me alegro de que te haya gustado, y bienvenida a nuestro pequeño reino ^^

Miguel:
Me alegro de que te guste :D
Un besazo!

Janoengels dijo...

lindo e intenso :)