19.4.11

Diario de un triunfador (I)


Hola, lectores. Hace unos años, yo era como vosotros... Como tú. Era joven, convincente, con atractivo, rebosante de vida, valiente y perfeccionista, y la ambición era mi sangre. Supongo que todos habréis deducido que soy un hombre, claro. Ninguna mujer se definiría a sí misma como "triunfador". Sin embargo, soy una mujer, y aprendí con el tiempo que, si quieres abrirte paso en el negocio, cuanto menos hagas notar que lo eres, más prosperarás.

¿El negocio? Os preguntaréis. No hablo de mafia, ni de droga, ni de prostitución. Hablo de algo mucho peor. De un modo de vida arriesgado, difícil, cruel y despiadado: el mundo empresarial. Os contaré cuando llegué a él, y cómo fueron mis comienzos en el terrible mundo financiero.

Cuando comencé en lo mío, corría el año 88 y yo tenía unos flamantes 26 años. Llegaba a Nueva York como miles de jóvenes cada años, entusiasmada y esperanzada por el prometedor futuro que me brindaba mi nueva ciudad.

A comienzos de año, Malenkov moría en Moscú después de haber vivido una larga y próspera vida, tras haber sucedido a Stalin en el cargo y purgado a la población rusa de "contrarrevolucionarios". Ayrton Senna ganaba su primer mundial de Fórmula 1, Eddie Lawson se coronaba Campeón de 500cc a lomos de su Yamaha y los Lakers conseguían alzarse con el título de la NBA por segundo año consecutivo.

El Discovery volvía a casa sin problemas, y así eliminaba los temores que el Challenger dejó atrás. La nave soviética Phobos 1 se pierde camino a Marte, y su sucesora Phobos 2 llega en un estado lamentable, mientras que el Buran rodeaba la Tierra.

Rambo conquistaba el cine por 3ª vez, Dustin Hoffman y Barry Levinson se llevaban el Óscar por Rain Man y Tim Burton triunfaba con su segundo largometraje, Beetlejuice.
AC/DC, Bob Dylan, Iron Maiden y Kiss seguían quemando los escenarios, mientras que Guns'n'Roses, Bon Jovi y U2 volvían locas a las jovencitas de aquellos últimos 80's.
Los cascos azules de la ONU veían recompensada su labor con el premio Nobel de la Paz.
El gato más vago, molesto y cachondo de la televisión conquistaba la CBS comiendo lasaña, y María Zambrano ganaba el premio Cervantes.

Sintiendo que era joven en la mejor época de la historia, volé de mi LA nativa a la Gran Manzana una fresca tarde de marzo. Acababa de llegar al aeropuerto LaGuardia, y el aire me parecía más próspero que el cálido ambiente de California.

Conmigo venían mis dos gatos, Bruce y Wayne, dos grandes maletas y mi mejor amigo, Rob. Él venía a ayudarme a instalarme en el piso y a hacerme compañía hasta que encontrase un trabajo y unos amigos. Cogimos el metro en la 19th Avenue, y algo más de una hora y media después, llegamos a Manhattan, mi nuevo hogar. Allí me esperaba un pequeño apartamento cerca del cruce de la 9th Str. con la 6th Avenue. Como imaginaba, la primera impresión que recibí de mi vivienda era deprimente. Me lo advirtieron: el guantazo de realidad de bienvenida a la Isla.

Era justo lo que esperaba. Un reto. Otro reto. Al fin y al cabo, era el reto que mi padre lanzó una noche de aquellas últimas navidades lo que me llevó a Nueva York. "Las mujeres nunca seréis tan buenas como los hombres" dijo. "No llegarás a nada, pero será por lo que hay entre tus piernas, no en tu cabeza. Para ser ama de casa, secretaria, enfermera o maestra, para eso vales" dijo. Estoy aquí, papá, y tengo tres entrevistas en el Financial District. Con hombres. Contra hombres. Y pienso lograrlo.

Así que no dejé que el guantazo me atontase y me dejase dormida y deprimida, cantando canciones de Tina Turner y comiendo helado de chocolate. Pedimos referencias de algún local para gente de nuestra edad a los vecinos de al lado: estábamos en el West Village, el lugar en que la comunidad LGTB neoyorquina se congregaba, y eso quería decir dos cosas: posibles ligues y mucha, mucha marcha. ¿Os sorprende lo que soy? La verdad es que lo dudo. Pero bueno, a quién le importa.

Era una chica joven de los 80, con pelo negro, largo y con amplios tirabuzones (naturales, gracias al cielo, ya que las permanentes de la época eran horrorosas, de lo que nos daríamos cuenta años más tarde), y aunque no soy especialmente bella, mis ojos gris oscuro y mis labios carnosos llamaban la atención.

Rob se puso una camisa de cuadros estilo leñador, una camiseta negra y un vaquero roto, con zapatillas rojas. Le habría entrado hace tiempo, ya que era arrebatadoramente guapo, pero ni yo era un chico, ni él era una chica, así que no nos servíamos más que para hacer pensar a nuestros padres que sus hijos se iban a vivir juntos a la ciudad en calidad de algo más que amigos.

Yo cogí un pitillo vaquero roto oscuro, las All Star que me compré antes de volar a NY, y una camiseta de licra con tirantes negra. En la Gran Manzana hacía mucho más frío que en LA, así que hacían alrededor de 6 grados en la calle. Cogí mi chupa de cuero, y bajamos a coger un taxi.

Estábamos a unas 12 manzanas del mítico Stonewall Inn, en el que 20 años antes se produjeron los famosos disturbios que dieron lugar al Gay Pride Parade anual el 28 de junio. Después de cenar en una pizzería de unos italianos que había por la zona, visitamos el famoso enclave. Unas cien personas se apretujaban en el local, y las ofertas de droga y sexo a cambio de dinero eran muchas. Pasadas unas horas, salimos medio borrachos del bar, buscando un taxi que nos llevase a casa.
Era sábado, así que buscamos una ferretería en la que comprar pintura de colores, brochas y rodillos. Compramos también productos de limpieza, y comida y bebida para llenar la nevera. Al llegar a casa, enchufamos el equipo de música, pusimos un cassette de los Rolling Stones, y limpiamos el piso. Así pasaron unos días, limpiando, pintando y arreglando pequeñas averías en mi nueva casa. Rob y yo nos compenetrábamos genial, y tener un amigo apoyándome allí era justo lo que necesitaba. Mientras que teníamos la pintura fresca, dormimos con los vecinos de al lado, una pareja de chicos de Nueva Jersey que se habían mudado y habían fundado su propia librería.

Terminado el lavado de cara, dimos una pequeña fiesta para ellos, nosotros y unos amigos y amigas que invitaron a la inauguración del piso, y de mi nueva vida. Al día siguiente, me encaminé al FD en metro para presentarme en mi primera entrevista. Vestida con un traje de chaqueta gris oscuro, camisa roja y zapatos de tacón, esperaba que mi aspecto fuese suficientemente serio y atractivo para que me seleccionasen a mí, en lugar de cualquiera de los soplagaitas que veía a mi alrededor en la sala de espera de aquella empresa de productos químicos. Al fin y al cabo, mi grado y posgrado en Gestión y mi master en Finanzas de la UCLA debían de servir para algo.

Mi nombre, por cierto, es Helena Janson.


Forgiven Princess